Por Arturo Uslar Pietri | Recopilación del internacionalista Jonás Estrada para Venezuela Inmortal

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No ha habido mañana como la del 12 de octubre de1492. Nunca el comienzo de un nuevo día pudo tener tal poder de emoción sobre un puñado de seres humanos. Los tres pequeños barcos cabeceaban al pairo frente a la tierra desconocida y nunca vista. Las primeras luces fueron pintando el perfil de la costa, el borde de espuma de la ola, algunas palmeras, figuras humanas semidesnudas y grandes aves marinas en bandadas. En las naves todo era asombro, confusión y rezos. Alguien comenzó a recitar la Salve.

Habían hallado tierra. No estaban perdidos. Todo era posible ahora que habían renacido el mar. Formulaban las primeras comparaciones, las primeras metáforas. La luz, el paisaje, las plantas, los pájaros, nuevos y sin nombre, les recordaban por vagos caprichos parecidos, el remoto mundo de la aldea nativa. Los pájaros cantaban como ruiseñores de Castilla, dirá Colón.

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No era el descubrimiento de una tierra por los hombres de otra tierra. Era mucho más y por eso fue difícil interpretarlo y comprenderlo. No era que España había descubierto América, como todavía dicen los manuales de la peor historia. No había todavía España y mucho menos aún había América. Hubo el encuentro de dos mundos que estaban en dos momentos de la humanidad y de destino que no coincidían. Los hombres que venían en las carabelas podían identificarse por algunas pocas cosas fundamentales. Eran cristianos y venían en nombre de la reina de Castilla, su patrona. No estaba completa la geografía de Castilla y mucho menos la de España. Venían allí gentes de los varios reinos hostiles y particularistas. Había castellanos de la Castilla Vieja y de la más Nueva. Gentes de la frontera con el moro. Cristianos viejos y cristianos nuevos. Había gentes del Cantábrico, como Juan de la Cosa, y gallegos, andaluces, vizcaínos y gentes de los viejos reinos de león y de Aragón. Y algún judío converso y algún morisco. Y el gran genovés que había imaginado la increíble aventura.

España estaba en el proceso de escoger alguno de los destinos posibles. Había escogido, bajo Isabel y Fernando, el camino de la unidad política y espiritual. Se tomó Granada, se adquirió Navarra y expulsó a los judíos y a los moriscos. A la hora en que nacía el capitalismo se formó un país para la Inquisición, la cruzada y la salvación del alma.

Tampoco había esto que ahora llamamos América. Había apenas una de las Américas posibles. La del indígena en el aislamiento universal. Naciones de una misma raza dispersas en una inmensa isla interoceánica que se extendía de polo a polo los recién llegados no supieron siquiera cómo llamar aquello que habían encontrado. Pensaron que había llegado a la costa oriental de Asia, a las tierras del Preste Juan de las Indias, y llamaron indios a aquellos seres primitivos e inocentes que les hablaban en una lengua ininteligible. Han podido igualmente llamarlos chinos. Más tarde se dieron cuenta que eran islas, mucho más tarde se percataron de que era todo un continente nuevo, pero lo siguieron llamando las Indias. Si tanto tiempo se tomó para conocer, mucho más tiempo se tomó para comprender.
Tanto los que llegaron como los que los recibieron, por las buenas o por las malas, empezaron de inmediato a ser otras gentes. No se pudo trasplantar la España que se estaba haciendo en el siglo XVI, y tampoco pudo continuar la civilización aborigen. Nació otra cosa distinta que fue en realidad el Nuevo Mundo.

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Los hombres que vieron aquel amanecer ya no pudieron seguir siendo los mismos que antes fueron. Había comenzado un inmenso proceso de creación y transformación, que se iba a extender sin tregua a todo el planeta. Porque había ocurrido aquel encuentro, el futuro de todas las gentes quedó modificado y condicionado. Para los que vinieron y para los que se quedaron en la sombre de las torres viejas de la ciudad natal. Porque los aventureros de los tres barcos se encontraron con los habitantes del continente sin nombre, el destino de los españoles, ingleses, franceses, holandeses y asiático fue distinto. Vinieron los viajes de descubrimiento geográfico, se crearon los imperios universales, surgió el comercio mundial y el capitalismo y se hizo posible y necesaria la Revolución Industrial y la revolución democrática.

Todo eso asomó por primera vez en la madrugada del 12 de octubre, sólo que fue mucho más tarde cuando los hombres pudieron darse cuenta de todo ello.

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